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CON LOS CINCO SENTIDOS
LAS DOS
CARAS DE LA MONEDA
Como no sentirme feliz, si después de muchos años
de matrimonio y un hijo, volvía a ser atractiva para un
hombre?. Bueno, en realidad era atractiva para varios hombres,
pero ninguno que valiera la pena, sin embargo, cuando percibí su
Mirada insistente, me sentí halagada, nerviosa y feliz.
Desde el primer día de trabajo juntos, la atracción se
hizo evidente, sin importar que él fuera casado y yo
también, era un momento mágico que los dos
queríamos vivir y que la vida nos había brindado en
bandeja de plata.
No recuerdo cuanto tiempo pasó antes de ese primer encuentro
íntimo en el que el encanto de lo prohibido, el deseo
reprimido, la sensación de sentirme deseada, desató en mi
una fuerza interior maravillosa que renovó mi universo y mis
ganas de vivir.
Todo estaba saliendo a pedir de boca, pues esa relación secreta
cada día se hacía mas fascinante y especial, era un juego
delicioso lleno de lujuria e infantil temor.
En el trabajo hacíamos un equipo sensacional, y la gente no
paraba de elogiar nuestros Buenos resultados. En broma
decían que eramos el uno para el otro, pero nadie
compartía nuestro secreto.
En mi hogar permanecía feliz, llena de vida, sin preocuparme por
pequeñeces, y esa nueva actitud a todos parecía agradar.
La intimidad con mi marido marchaba muy bien, así como nuestro
amor jurado perpetuo y nuestros deseos por envejecer juntos.
Esta relación extra matrimonial, no tenía nada que ver
con mi hogar, con mis seres queridos, con mi vida de verdad, era solo
un regalo secreto que me renovaba y nutria, pues era una
inyección de vida y fantasía.
Pero el hombre se enamoró, y allí acabó la
magia. Empezaron los reclamos, las preguntas, los celos.
Que absurdo!, el hombre que me hacía feliz por sentirme libre,
ahora estaba buscando encadenarme, pero eso no fue lo peor. Quise
morirme cuando me contó que ya había hablado con su
esposa, que le había confesado que tenía otra mujer, que
estaba enamorado, y que ya no podían seguir juntos, que
él necesitaba su libertad.
No daba crédito a todas las barbaridades que escuché de
su boca, y mientras mas hablaba, mas me desconectaba de ese
encantamiento que me tenía ligada a él en los
últimos meses. No entendía de donde sacaba
él la idea de construir una vida juntos, si nunca
habíamos hablado de eso. No entendía como
había sido capaz de confesar lo inconfesable y de dejar su vida
real por una totalmente inexistente a mi lado. ?Como era posible
que él le estuviera apostando a esa aventura de manera tan firme
y contundente?.
La diplomacia no me dejó salir corriendo, no sin antes
abofetearlo por torpe. Así que hice gala de mis mejores
dotes de paciencia y calmadamente le expliqué que había
cometido un grave error. Que todavía estaba a tiempo de
enmendar, así que le pedí con la misma sutileza que se le
pide un dulce a un niño, que por favor se rectificara con su
esposa, y todos tan felices como antes.
No quiero recordar lo difícil que fue dejarlo ese día,
pues el ya juraba que comenzaríamos en ese mismo momento nuestra
vida juntos. Tampoco quiero recordar la noche de angustia que
pasé imaginando un escandalo que llegara a oídos de mi
marido, lo que sin duda significaba el fin de mi matrimonio, eso
sería gravísimo, sería el
acabose. Todas mis conjeturas me asustaban, y no
podía pensar nada positivo frente a esa grave situación,
solo esperé lo peor, y creo que hice bien al hacerlo, pues en
efecto, al día siguiente, lo pero ocurrió.
A la entrada del edificio de mi oficina, estaba la mujer por mi
engañada, esperándome con una mirada mas triste que
amenazadora, y yo, entre el miedo y el valor, me acerqué
esperando como poco, un golpe en la cara. Sin embargo, esta mujer
era toda una dama, y sin preámbulos me invitó a tomar un
café en un lugar cercano.
Ella, mas que como la enemiga que yo representaba, me
habló como mujer, madre y esposa, y en pocas palabras
logró trasmitirme su dolor, esperando encontrar en mí,
comprensión y respuestas. Yo, de la mejor manera posible,
le proporcioné las dos cosas, y lo único que pude
prometerle, es que me alejaría inmediatamente de su marido, cosa
que por mi lado era muy fácil, pues no quería ni verlo.
Tiempo después, él por fin entendió que lo estaba
dejando todo por nada, y con digno rencor, emprendió su viaje de
regreso a casa.
Lo irónico del asunto, es que solo dos años
después de todo ese molesto episodio, la imagen de esa
dama valiente e indulgente volvió a mi, cuando destrozada me
encontraba en la puerta de la oficina de la amante de mi esposo.
Entonces contuve mi ira, replanteé mi
estrategia de cachetearla y gritarle unas cuantas verdades, no sin
antes arañarla y armarle un escándalo frente a sus
compañeros de trabajo y sus vecinos para que todo el mundo se
enterara la clase de mujer que era.
La vida me mostró las dos caras de la moneda, en las que primero
fui el verdugo y ahora era la víctima. ?como juzgar a esta
mujer, si yo había hecho lo mismo?; ?Cómo armar un
escándalo cuando conmigo todos habían sido tan
benévolos?; ?Cómo juzgar a mi marido, si yo viví
una aventura similar manteniendo intacto mi amor por él?.
Entonces, reconociendo mi incapacidad de enfrentar a esa mujer
desconocida, de una manera digna y con altura, decidí irme del
lugar sin enfrentarla. Tenía que hacerlo, pero en un
momento de mas calma. Mientras tanto, busqué a mi
esposo y le pedí un poco de tiempo para asimilar su
engaño, manifestándole siempre mi deseo de seguir
adelante como la familia feliz que eramos.
Por ultimo, sentí que lo que verdaderamente
me liberaría era hablar con la dama indulgente que
dos años atrás me dio tan grande lección.
Entonces con una mezcla de ansiedad y duda tomé el
teléfono. Al escuchar su voz, solo pude pedirle mil
perdones por todo el daño que le cause, contándole llena
de dolor que ahora ya sabía cuanto había sufrido por mi
causa, pues yo estaba pasando en el momento por la misma
situación.
Cual no sería mi sorpresa cuando ella me contestó:
"Tranquila, no se
desgaste en detalles, yo lo sé todo, pues la amante de su
marido, soy yo"
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